account_circle Por: Janet Spröhnle e Ignacio Merino

access_time 15 · 07 · 2026

Resulta difícil encontrar una reunión de directorio, una conversación ejecutiva o un encuentro empresarial donde la inteligencia artificial no aparezca entre las prioridades.

Y tiene sentido.

Estamos frente a una de las transformaciones tecnológicas más importantes de nuestra generación.

Las organizaciones están invirtiendo recursos, tiempo y energía para entender cómo incorporar estas herramientas, cómo aumentar su productividad y cómo prepararse para un futuro que parece avanzar más rápido de lo que alcanzamos a comprender.

La pregunta es otra.

Mientras dedicamos enormes esfuerzos a desarrollar inteligencia artificial, ¿cuánto estamos invirtiendo en desarrollar la consciencia humana?

No hablamos de tecnología.

Hablamos de las personas que toman decisiones.

De los líderes que enfrentan dilemas cada vez más complejos.

De profesionales que viven bajo una presión constante por adaptarse, reinventarse y seguir siendo relevantes.

Conviene detenerse aquí, porque hay algo que a veces olvidamos.

Todo lo que hemos creado como humanidad —cada avance, cada institución, cada tecnología, incluida la inteligencia artificial— nació de tres capacidades profundamente humanas: el talento, la curiosidad y la creatividad.

Lo que ocurre a escala de la humanidad se repite dentro de cada empresa. El principal activo es el talento. El principal motor es la curiosidad. Y el combustible que lo impulsa —inagotable— es la creatividad.

Podríamos llamarlo la tecnología humana: la única capaz de crear algo donde antes no había nada.

Esa es la base sobre la que se ha construido todo.

Y no va a cambiar.

Lo que la tecnología hace no es reemplazar esa base. La expande y la multiplica.

En los últimos meses hemos escuchado una pregunta repetirse con fuerza en distintos espacios de conversación.

No proviene de la tecnología.

Proviene de las personas.

“¿Cómo sigo siendo relevante?”

A veces se formula como una inquietud profesional.

Otras veces aparece disfrazada de preocupación por el futuro.

Pero en el fondo suele esconder algo más profundo.

La necesidad de encontrar sentido en medio de un escenario que cambia permanentemente.

Volveremos a esta pregunta. Porque quizás, al final de esta reflexión, deje de ser la pregunta correcta.

Quizás por eso nos llama la atención que gran parte de la conversación actual esté centrada en las capacidades de las máquinas y tan poco en las capacidades humanas que necesitaremos para convivir con ellas.

Sabemos que la inteligencia artificial podrá ayudarnos a analizar información.

Podrá optimizar procesos.

Podrá generar respuestas cada vez más sofisticadas.

Lo que no sabemos es si las personas estamos desarrollando, al mismo ritmo, la capacidad de reflexionar sobre las consecuencias de nuestras decisiones.

Porque una organización puede incorporar la mejor tecnología disponible.

Y aun así tomar malas decisiones.

Puede automatizar procesos.

Y aun así perder conexión con las personas.

Puede aumentar su eficiencia.

Y aun así perder propósito.

La historia está llena de ejemplos donde la capacidad de hacer algo avanzó más rápido que la capacidad de preguntarse si realmente valía la pena hacerlo.

Por eso creemos que el desafío que enfrentamos hoy no es tecnológico.

Es profundamente humano.

En nuestro trabajo acompañando líderes, ejecutivos y organizaciones, observamos un fenómeno que rara vez aparece en los indicadores.

Las personas no están agotadas por falta de información.

Están agotadas por exceso de información y escasez de sentido.

No están sufriendo por falta de respuestas.

Están sufriendo por la dificultad de encontrar preguntas que realmente importen.

No están experimentando únicamente incertidumbre laboral.

Están experimentando incertidumbre existencial.

¿Quién soy cuando mi experiencia deja de ser suficiente?

¿Qué valor aporto más allá de mis conocimientos técnicos?

¿Para qué hago lo que hago?

¿Qué tipo de líder quiero ser?

Son preguntas que ninguna inteligencia artificial puede responder.

Y son precisamente las preguntas que definirán la calidad de nuestras decisiones futuras.

Hace algún tiempo, en una conversación sobre liderazgo y transformación, surgió una reflexión que desde entonces nos acompaña.

Muchas personas buscan herramientas para gestionar el cambio.

Pero terminan descubriendo que el verdadero desafío es comprender quiénes son en medio del cambio.

Tal vez ahí se encuentra una de las grandes conversaciones pendientes de nuestro tiempo.

Hablamos constantemente de transformación digital.

Pero hablamos muy poco de transformación humana.

Diseñamos estrategias para incorporar nuevas tecnologías.

Pero dedicamos mucho menos tiempo a desarrollar consciencia, criterio, madurez emocional y propósito.

Y sin embargo, serán justamente esas capacidades las que determinarán cómo utilizamos la tecnología que estamos creando.

Algunos llaman a esto inteligencia espiritual.

No tiene relación con creencias religiosas.

Tiene relación con la capacidad de observarnos.

De actuar con coherencia.

De comprender el impacto de nuestras decisiones.

De conectar nuestras acciones con algo más profundo que el resultado inmediato.

En otras palabras, tiene relación con la consciencia.

Y es también la que nos permite reconocer algo esencial: que el talento, la curiosidad y la creatividad son y seguirán siendo la fuente de toda creación. En la medida en que las personas comprendamos e integremos esto, podremos multiplicar el impacto de lo que somos capaces de crear, y amplificar el bien que podemos generar en las empresas y en el mundo.

Y quizás esa sea la inteligencia más importante de los próximos años.

Porque el riesgo no es que las máquinas piensen.

El riesgo es que las personas dejemos de hacerlo.

Que deleguemos nuestro criterio junto con nuestras tareas.

Que confundamos velocidad con sabiduría.

Que tengamos acceso a más conocimiento que nunca y menos capacidad para comprendernos a nosotros mismos.

La inteligencia artificial seguirá evolucionando.

Eso parece inevitable.

Pero la próxima gran revolución quizás no sea tecnológica.

Será una revolución de la consciencia. Y como consecuencia de ella, también tecnológica.

Porque para comprender que somos la base de todo lo que creamos, primero necesitamos entrar en nosotros mismos y conocernos.

Ahí es donde se abre lo que en Chile estamos llamando la nueva frontera del desarrollo humano: no la de las máquinas que construimos, sino la de la consciencia con que decidimos construirlas.

Y cuando esa frontera se cruza, la pregunta con la que muchos conviven hoy —”¿cómo sigo siendo relevante?”— simplemente deja de tener sentido.

Porque quien comprende que es la fuente, ya no teme quedar fuera.

Porque el futuro del trabajo no dependerá solamente de lo que las máquinas sean capaces de hacer.

Dependerá, sobre todo, de la profundidad con que las personas sean capaces de comprender quiénes son, qué valoran y para qué están construyendo el futuro que viene.

Esa es la invitación.

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